El otro día mi madre hizo potaje de cardos salvajes.
No sé donde vives, pero aquí hay cardo manso y cardo salvaje.
Manso se le llama al cardo cultivado, y el salvaje es el que nace silvestre en la montaña.
Prácticamente ya solo lo consume la gente mayor, y si pueden elegir, eligen el cardo salvaje, porque es más sabroso.
Y me encanta esta historia popular por 2 cosas:
1. De forma intuitiva las personas siempre supieron lo que dice ahora la ciencia, y es que las plantas silvestres generan más fitonutrientes y en mayor cantidad que las cultivadas.
2. Todo ser vivo, incluido el ser humano, puede desarrollar su mayor potencial cuando aprende a superar sus limitaciones, se atreve a sacar lo mejor en medio de cualquier circunstancia, a explorarse tal cual es sin condicionamientos, …
Y un impedimento para esta vida «salvaje» es la búsqueda de seguridad y querer tenerlo todo controlado: desde el apego a un «trabajo seguro» hasta la dieta que «tengo que llevar» para estar sano.
Pero al final la Vida está en el equilibrio entre ciertas seguridades humanas para no comprometer tu existencia, y sostenerse en la incertidumbre, enfrentarse a los desafíos que aparecen para aprender a conocerte y sacar lo mejor de ti.
Así el resultado es también «más sabroso».

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