El tejado de mi casa tiene la construcción original de hace 400 años: madera, barro y tejas de cerámica.
Después de un día intenso de lluvia, si subes al piso de arriba huele a tierra mojada.
Y no, no hay goteras ni humedades.
Y es que lo natural, cuando no está intervenido, se autorregula en un orden perfecto dentro del «caos», como afirman los biólogos que funciona la vida desde el origen bacteriano.
Por eso insisto tanto en vivir sin tóxicos.
Para permitir que la naturaleza funcione en su orden perfecto, sin interferencias.
En este mundo civilizado, esto no es posible al 100%, pero sí podemos minimizar mucho los tóxicos con los que convivimos.
Y en mi experiencia, el papel fundamental aquí es la alimentación.
El cuerpo, nuestro vehículo en esta existencia, necesita mantenerse limpio para que funcione con ese orden perfecto de la naturaleza.
Y para eso el primero paso es no seguir ensuciando, no seguir añadiendo más tóxicos a nuestra vida.
Una vida consciente pasa por una alimentación más limpia, nutritiva y coherente.
No solo con menos tóxicos de la industria, sino además seleccionados, combinados e ingeridos de forma que no generen tóxicos en su digestión.

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