Hace poco fue el cumpleaños de mi hermana, y me encargué de la tarta.
Aunque para mis cumpleaños la suelo hacer yo (de fruta y frutos secos), para los de otros prefiero encargarla (a una pastelería que las haga un poco más naturales), porque ya sé por experiencia que si la tarta no tiene harina y azúcar no es bien recibida.
En este caso mi hermana está en un periodo de no comer gluten ni lácteos, así que mi tarta era la ideal. Aún así quise encargarla, por aquello de que si la misma tarta la hace una profesional, será mejor.
Pero fue igual.
Solo la disfruté yo.
De hecho un primo dijo que qué necesidad de sufrir, habiendo tartas «normales».
Hace 20 años yo pensaba igual.
Me gustaba la fruta, pero las galletas y los dulces más.
Y si no comía harina y azúcar en una tarta no lo disfrutaba igual.
Pero con mi propia experiencia de cambio de alimentación, hábitos de vida y desvelar de la consciencia, ahora sé que no es la tarta, la galleta o la harina lo que me hace disfrutar.
Lo que hace daño al cuerpo no se disfruta.
Puedes tener dependencia, hábito, demanda de la microbiota de tu cuerpo por la intoxicación o programación durante años.
Pero eso no se llama disfrutar.
Igual que no diríamos que una persona alcohólica está disfrutando de una copa de vino.
No fue de un día para otro que dejé de comer galletas.
Fue un proceso de conocimiento de los alimentos y mi cuerpo, consciencia de mis propias dependencias y estados emocionales que me llevaban a recurrir a esos alimentos, y por supuesto un cambio de hábitos y limpieza corporal interna, que hace que cada vez más los alimentos con los que más disfruto son los que me hacen bien.

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