No hace mucho conocí la historia de Thoreau, un escritor que en 1845 se fue a la montaña con un hacha, taló unos pinos blancos y se construyó una cabaña donde vivió varios años.
Y si tienes una relación de amor-odio con lo digital, las redes sociales o simplemente las pantallas, esto te interesa.
En ese tiempo, Thoreau reflexionó sobre los granjeros que vivían allí que trabajaban muy duro todo el día, mientras que él pudo satisfacer todas sus necesidades básicas y vivir con relativa comodidad con el equivalente de un día de trabajo semanal.
Lo que esos granjeros conseguían a cambio de sacrificar su vida eran objetos ligeramente más bonitos: mejores persianas para sus casas, o un carro moderno para desplazarse a la ciudad.
¿Pero se puede justificar esa vida de trabajo agotador a cambio de unas persianas más bonitas? Es cierto que se tarda más tiempo en llegar a la ciudad a pie que en carro, pero es muy probable que las caminatas requieran menos tiempo que las horas adicionales necesarias para poder pagar el carro.
Y esto es lo que ocurre muchas veces con la tecnología.
Invertimos un montón de tiempo dando vueltas en las redes sociales porque puede que obtengamos alguna idea valiosa, nos enteremos de un evento interesante o la foto del fin de semana de alguna amiga con la que hace años que no quedamos.
Además creemos que con esa idea que nos dicen en un reel aprendemos algo, o que el «me gusta» que le damos a la foto de nuestra amiga está sosteniendo la relación.
Pero nada de eso ocurre, porque no es así como estamos diseñados. Es solo apariencia.
A lo mejor te parece contradictorio decirte esto a través de una pantalla, pero es justo al contrario.
Desde hace tiempo he tomado más consciencia de todo esto, y he ido reduciendo la exposición a contenido de redes y priorizando los correos electrónicos, blogs y comunidades y cursos de pago de los proyectos que más me interesan.
De personas que no tengo físicamente cerca, pero que ofrecen lugares más privados donde puedo tener el tiempo/espacio para reflexionar y profundizar.
Menos estímulos, pero de más calidad y profundidad.
De todo esto, y del proceso y prácticas para desintoxicarse de las pantallas y llevar una vida más intencional habla el libro «Minimalismo Digital».
He recogido las mejores ideas, el proceso paso a paso y las prácticas recomendadas del libro en este audio: Empieza aquí el Minimalismo Digital.

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