Recuerdo que hace años había un grupo de Facebook con una burrada de miembros donde aconsejaban qué productos de supermercado eran más sanos, si este yogur del Mercadona o aquel tomate frito del Carrefour.
Tenía una participación brutal.
Lo de saber qué opción es mejor es algo que gusta mucho, y yo soy la primera que quiero analizarlo todo para poder hacer la mejor elección.
De hecho en una época me propusieron en varias ocasiones dar algún taller para aprender a leer las etiquetas de los productos alimenticios.
Pero sinceramente, al margen de que es verdad que no es lo mismo un paquete de lentejas secas que unas galletas «sabor fresa», como decía uno hace años «si se vende en un supermercado, desconfía«.
Un producto de supermercado es (salvo excepciones) un alimento sin vitalidad, procesado y que como mínimo necesita algún conservante industrial para que pueda estar en una estantería sin que se eche a perder. Eso contando con que el envase no sea de plástico o aluminio, 2 cosas perjudiciales tanto para el planeta como para el que se come la comida que ha estado en contacto con ellos.
Y luego a dónde va ese dinero que das a un supermercado, qué tipo de economía apoya y cuál se deja sin apoyo, qué tipo de agricultura, cómo afecta a la soberanía alimentaria, …
A lo que voy es que, antes que ponerme a dedicar tiempo a ver qué producto alimentario es mejor, veo más útil usar esa energía en transformar mis hábitos de alimentación y consumo para no necesitar el supermercado.
No me interesa poder elegir el palo con el que me pegan.
Lo que me interesa es salir de ese paradigma en el que creo que los productos de supermercado son comida y que necesito el supermercado para obtener mis alimentos.
Que tengas un día nutritivo,
Noemí
P.D.: Sé que hay etapas o situaciones en las que te viene bien el supermercado y leer etiquetas. Me encantará leerte si me quieres contar tu caso.

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