Cuando me inicié en la alimentación, pensaba que era todo lo que una persona necesitaba para estar en salud.
Y no es que ya no lo vea importante.
Al contrario.
¿Qué información crees que incorporas en tu cuerpo cuando ingieres un vegetal que ha sido cultivado con cariño, sin venenos, por personas que aman su trabajo, y que han crecido bajo las mismas condiciones climáticas que tú, con la misma radiación electromagnética natural del sol y la tierra de donde vives?
Una información bien distinta a la que incorporas a tu cuerpo cuando lo que comes es un producto sintético, fabricado y programado industrialmente bajo parámetros de mayor consumo, beneficio económico, y desde el otro lado del mundo…
Y una parte importante de esta información es la radiación solar.
La que recibimos estando aquí en la Tierra.
El sol también trae información, modulada por la Tierra, y es distinta según el lado del mundo donde te encuentres, la estación del año y el momento del día.
Todo está bien orquestado por la Naturaleza para que podamos obtener los beneficios del sol sin sus perjuicios.
No vine a repetirte la consigna propagandística de que el sol da cáncer. Sino que quiero compartir cuál es la realidad de la radiación que nos llega (planeta Tierra mediante), por qué las cremas no solo no protegen sino que agravan el problema (y no me refiero solo a los tóxicos que contienen, que también) y cuál es entonces la verdadera protección.
Sé que es más fácil decirte: sigue sin cuestionar nada, solo cambia esta crema solar por esta otra que es «saludable».
Pero la naturaleza no va a así. Y la salud tampoco. Se trata de un cambio de paradigma.

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