El otro día me quedé encerrada en casa.
Resulta que estos días atrás en Canarias ha caído el diluvio universal.
Imagino que debió salir por la tele nacional porque los familiares y amigos que viven en Península llamaban para preguntar cómo estábamos.
Estupendamente.
Recibiendo el agua bendita que cayó en abundancia y tan cariñosamente que apenas ha causado daños.
Pues ayer, como cada miércoles, vino el chico que reparte el agua.
(Abro paréntesis para recordarte que parte del agua que consumo la consigo en vidrio retornable que traen a casa. Ya contaré todo este apasionante mundo del agua en otro momento).
La puerta de mi casa es de madera y tiene 300 años.
Sobre ella hay un perfil de piedra que lo resguarda un poco, pero aún así, después de 2 días lloviendo casi sin parar, la puerta estaba hinchada y se resistía.
Gracias a que el chico empujó desde fuera.
Para muchas personas esto puede ser un motivo para cambiar la puerta por una moderna de aluminio o taponarla con algún barniz «de exterior».
Para mí es una anécdota de la experiencia de vivir en una casa sana y viva, hecha de materiales naturales.
Me compensa.
Porque ¿A dónde crees que van a parar las sustancias tóxicas de la industria que fabrica los materiales, muebles y enseres de tu casa?
Si esas fábricas usan sustancias tóxicas, muchas forman parte de sus productos, esos que tú tienes en tu casa.
Y de ahí, a tu organismo, interfiriendo con tu química orgánica.

Deja una respuesta