El sábado estuve en un retiro, que además de nutritivo en sí, me reencontré con gente bonita que hacía tiempo que no veía, como Isabel, que es lectora de este blog (hola Isabel! 🥰).
Hablando con ella, me comentaba que se había dado cuenta de que temas de los que yo le hablaba hace años y que a ella le sonaban extrañísimos, ahora están en boca de muchos.
Así que al leer lo que escribí hace poco sobre desapegarse de las harinas, que ella consume bastante, le dio curiosidad de saber más.
Tengo una clase entera sobre cereales e hidratos de carbono, pero te quiero contar un dato que a mí al menos me parece precioso.
Y es que los hallazgos de la arqueología muestran que en la antigüedad los granos que se consumían eran silvestres (no sembrados).
Se recolectaban en pequeñas cantidades y se añadían a la dieta como un “plus”, complementando los demás alimentos a los que tenían acceso.
Con la llegada de la civilización y los grandes monocultivos, el consumo de granos se hizo extensivo como medio para la alimentación de las grandes masas humanas que se concentraban en las ciudades incipientes.
Es mucho más fácil de alimentar «de arriba hacia abajo» a grandes masas de población a través de granos, cereales y harinas. Más duraderos en el mercado que las frutas y verduras frescas.
Pero que sea conveniente para la industria no significa que lo sea para ti.
Cuando consumimos granos en porciones pequeñas, como en la antigüedad que consumían los que recolectaban silvestres, el aporte compensa sus desventajas.
Teniendo en cuenta además de que recolectas el grano tierno, crecido bajo el mismo sol que tú y con la alta vitalidad que solo alcanza un ser silvestre.

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